Crítica sí, gregarismo no

Practicar la proximidad y estimular la participación es la consigna del gobierno de Josep Fèlix Ballesteros. La promesa del alcalde en junio de 2015 fue explícita. “permaneceremos exponiéndonos al examen continuo de nuestros conciudadanos promoviendo una ciudadanía informada y responsable”.

 

Mantenemos nuestra promesa y no hemos retrocedido ni un ápice en esa exposición a la que los políticos nos sometemos. Lo hacemos continuamente, en espacios reservados a la política, pero también en el espacio público. Porque entendemos y defendemos que el ejercicio de la manifestación pública es parte del diálogo entre gobernantes y gobernados. Es el ejercicio del poder político con el que cuenta la ciudadanía para participar.

 

No nos atemoriza someternos al juicio de nuestros conciudadanos en las manifestaciones públicas y festejamos que ese espacio, el público, sirva para expresar la disconformidad, la crítica y también las alabanzas y las felicitaciones. Créanme que estas últimas también se producen y son más gratas, pero de todas aprendemos.

 

En esta predisposición de mi partido y de mis compañeros en el gobierno municipal a respetar la libertad de expresión descubro la calidad democrática que se exige a un representante político. Tomar decisiones, dar la cara y exponerse al juicio ciudadano. Y ahí entran los silbidos o los abrazos.

 

Pero existe otro tipo de políticos, otro tipo de líderes, otro tipo de partidos que intentan establecer una frontera entre la ciudadanía y la democracia. Meten continuamente el dedo en la llaga de la crisis de legitimidad de un sistema político del que ellos también se alimentan y aprovechan cualquier circunstancia para convertirla en una oportunidad de refugio para la calumnia, la injuria y el gregarismo.

 

No me avergüenza que en una procesión en Santa Tecla los ciudadanos me muestren su descontento con un silbato. Lo que me sonroja y entristece es la instigación y la manipulación, porque tiene la capacidad de aplastar la reflexión individual y crea, en el observador, una sensación de manada aterradora.

 

La presencia institucional en los actos de la fiesta mayor de Tarragona no deja de ser una defensa y un compromiso con nuestro modelo de organización política. Espero que no sea necesario salir muy maltrecha en el intento.

 

Pero Santa Tecla es nuestra fiesta mayor, un estallido de cultura, un estrépito de tradición, una invasión cívica de la calle. No debiera nadie convertirla en un campo de batalla electoralista.

 

 

Per Begoña Floria

Periodista, socialista y actualmente concejal en Tarragona. Me apasiona todo lo que tiene que ver con comunicación, sociedad en red y nuevos liderazgos sociales